Mi padre y tío Jorge
Hoy mi padre me manifestó su pesar
y se sentó bajo el yagrumo a esperar una llamada,
una llamada de muerte
envuelta con hojas y olor a crisantemos secos.

Me extrañó que hablara de muerte y que esperaba
esa llamada
Un hombre que bailó
una danza infinita con la muerte,
muchas veces,
y aún está tibio y con olor a pacholí
(a vetiver, debo decir, pues soy muy francófilo).

Corrió el cintillo de la ausencia de sus muertos
que no se han podrido,
pues, el amor que siente por ellos
los balsamó con ternuras y encuentros
para envolverlo y reencontrarlos
al otro lado del río.
Allá, muy lejos, donde no han vuelto,
donde nos esperan,
y no se cansan de la espera,
pues nos aman.

Hoy mi padre se quedó esperando una llamada, pero
tío Jorge lleva unicornios en su piel y se arropa
con plantas de moriviví para cantar una canción nostálgica,
pues, nunca conoció la tristeza,
aunque la ha cargado en sus ojos
por las nueve décadas que lleva decantadas.

Hoy tío Jorge punza mis sentidos,
para decirme que me ha amado,
y yo veo su silueta quieta
por lo triste y por lo alegre de su soledad
que viste como harapo de vida,
por que los canutillos y las lentejuelas
y el terciopelo o el lino o el algodón egipcio
nunca rozaron su piel. ¡Que bueno!
El siempre vistió nobles ropas de libertad.
Y los convencionalismos y las doctrinas y dogmas religiosos
no penetraron y erosionaron su mente.

Que bueno que tío Jorge está con nosotros,
aunque mi padre espere la hora de su partida.

Rodolfo J. Lugo-Ferrer


Rodolfo J. Lugo-Ferrer